“Por qué mejor no nos fusilan”: notas gerontológicas de un confinamiento intergeneracional*

El día 17 de marzo, me mude a la casa de O., quien tiene 91 años y es mi abuelo. Vive solo, en un departamento en Barrio Franklin. Los días de semana, una trabajadora doméstica lo  apoya con las labores del hogar. Comida, aseo, lavado y planchado de ropa. Y claro, compañía. No tiene enfermedades crónicas diagnosticadas, aunque sufre constantes dolores de espalda, y cultiva una tos flemática ya añosa. Cada vez está más sordo, según él, de su oído izquierdo. El contexto del pre-apocalipsis pandémico y negligencia política del (mal) gobierno, direccionaron la decisión de auto convocar una cuarentena intergeneracional entre O. y yo. Él no recibiría el apoyo remunerado para sostener su vida cotidiana: la alimentación, la higiene, las palabras. En mis posibilidades materiales y deseos afectivos, pude confinarme con él.

Ser una persona mayor, y vivir esta pandemia que prescribe la vejez como condición esencial y natural de enfermar gravemente por coronavirus, no es menor. Los ya instalados imaginarios de fragilidad, dependencia y vulnerabilidad sobre la vejez (Gilleard y Higgs, 2011), re-emergen en este escenario global, concretándose en la comunicación mediática sobre el virus.

 

Rezan en la nueva misa, los salmos del contagio: “adultos mayores son el principal grupo de riesgo”.

ALMUERZOS. O. es un hombre que activamente asiste a los noticieros. Discute enérgicamente las inoperancias politiquillas, y se burla de las ridiculeces de conductores televisivos. Esa primera semana de cuarentena, coincidió con el bombardeo mediático de la avanzada Fase 4 del COVID-19. “En los hospitales de Italia, eligen quienes viven y quienes mueren. Mueren en su mayoría, adultos mayores”, dicen los titulares del momento. Doloroso es el silencio que se levanta entre nuestras comidas. “Por qué mejor no nos fusilan”, exclama O. Dio en el clavo. Ese era el discurso de muerte sobre su cuerpo y el de sus coetáneos/as.

 

Necropolítica gerontológica, digna de ficción distópica.

NOCHES. No sé qué día, pero también de esa primera semana. Por las noches O. se queja de distintos dolores. La espalda, la costilla derecha, o ese espacio que queda entre la espalda y la costilla derecha. Nuestras habitaciones son contiguas, y lo escucho. Tose, tose mucho, y adolece su voz en esta acción. Hay suspiros, hay lamentos, “por Dios, por Dios”. Al escucharlo, me doy cuenta que tengo miedo. Terror. Terror de que sean síntomas del coronavirus. Reflexiono en el limbo onírico que la tos no es de ahora, sino que existe a lo menos, una década. Casi como una extensión corporal de él, incorporo la percepción del riesgo atribuido (Nichter, 2006). Porque es viejo y tose, ¿tiene coronavirus? En esos momentos, hubiera dado fe del fantasma viral sobre él. Ciegamente, seguí el culto del COVID-19.

Y si está enfermo, ¿cómo se contagió?

 

¿Fue la familia?

¿Fue la nieta antropóloga?

¿Fue el Barrio Franklin?

¿Fue el (mal) gobierno?

ALMUERZOS. Nuevamente frente a la televisión. Sólo sabemos de la vida social del coronavirus. Dónde está, a quiénes mata, cómo los gobiernos tratan de eliminar su dispersión goticular con mascarillas. En la comuna de Santiago, ya estamos en cuarentena. Aunque la rutina cotidiana de O. transcurre principalmente en el espacio doméstico, existe una sensación de encarcelamiento. “Dios dirá, Dios dirá”, repite constantemente mientras realiza su caminata diaria por el estrecho living comedor. Nuestra existencia reducida a un espacio, habitándolo con las implicancias sanitarias que se nos ha asignado como población de riesgo. La ética del cuidado neoliberal, en la piel de la vejez avanzada, siente debatir la responsabilidad individual entre vivir o morir.  

O eso dice la tele.

O eso dice el Ministro de la Muerte.

O eso dice el alto comisionado en Chile de la OMS.

TARDES. El riesgo encarnado se resiste. Se ironiza. “Bueno, ¿y cuándo termina la cuaresma?”. “No lo sé tata. Pero es cuarentena, no cuaresma”, contesto riendo.

“Bueno, ¿y cuándo se termina la cuaresma?”, me vuelve a preguntar días después. Comprendo que no es una confusión auditiva, sino su estrategia para hacerme notar, que también nos podemos reír.

Aunque nos excomulguen de la Iglesia COVID-19.

“No es cuarentena, es centena”, me diría en otra tarde, en otra semana.

Reí, también.

 

Bibliografía:

Gilleard, C. y Higgs, P. (2011). Ageing abjection and embodiment in the fourth age. Journal of aging studies, 25(2): 135-142.

Nichter, M. (2006). Reducción del daño: una preocupación central para la antropología médica. Desacatos, 20: 109-132.

*IGNACIA NAVARRETE LUCO: Antropóloga Social y Diplomada en Antropología Médica, por la Universidad de Chile. Me gusta conversar con personas viejas, que me cuenten de sus vidas y de su presente. Últimamente sigo las carreras de caballo por Teletrak TV.  

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